domingo, abril 17

XXXXVII cuaresma

-Juuuugaremos en el booosque mientras el lobo no está.
Poorque si el lobo apareeece, a todas nos comerá.
¿lobo estás ahiii?
-Todavía es cuaresma por el amorrr de Diosss!

XXXXVI enfrentar al lobo

-Mira, al pobre lobo lo dejas en paz, que nada te ha hecho.
-¡Pero si ese es el problema!

lunes, abril 11

XXXXV

Caperucita siempre le ha tenido cierta alergia a la Primavera.
Es decir, literalmente tiene alergias propias de esta estación del año.
Afortunadamente su alergólogo ha logrado resolver casi todos sus problemas, aunque cada año tiene que repetirle que no se ha inventado aún un medicamento contra la alergia a ciertos tipos de estupidez.
La pildorita diminuta sirve si el gato del vecino dejó pelo en un lugar impropio, pero no sirve si uno tiene alergia a pitufos, cierto tipo de quimeras, gusanos de dos pies, y a la verborrea.
Tampoco sirve para algunas expresiones del arte contemporáneo.
Caperucita observa desde la seguridad de su ventana cerrada el jardín de al lado y la ciudad llena de gente que va y viene. Procura no salir después de las 10 de la mañana o antes de las 6 de la tarde.
Sabe que en esencia es una excéntrica, pero ¿qué personaje de cuento no es excéntrico? Y el asunto se pone peor con los posmodernos.

jueves, octubre 14

XXXXIIII

Ahora que Caperucita se convirtió en una escritora con cierto éxito, comenzaba a recibir cartas de admiradores y proposiciones de trabajo interesantes. Todo esto le agradaba pero también le tenía algo preocupada, pues nunca le gustó ser el centro de atención. La Posmodernidad le quitó el estatus de figura pública y eso le venía bien, aunque por otro lado todos en los cuentos de hadas son figuras públicas.
Después de haber tomado unas vacaciones, ahora había que romper la barrera del éxito efímero de una sola novela. El género negro le seguía dando ideas y sentada en un café en la Plaza de la Sorbona se le ocurrió que todos en nuestra vida hemos tenido la vaga, o la muy intensa idea de matar a algún burócrata...

miércoles, junio 16

XXXXIII



Caperucita se despertó por el murmullo de la lluvia en la ventana.
Se levantó sin hacer ruido para no despertar a la muchacha de piel magníficamente obscura, desnuda entre las sábanas de algodón.
Descalza se dirigió a la sala de su minúsculo apartamento, preparó café en la soberbia máquina nueva que había comprado con el adelanto de la editorial.
Abrió las ventanas para oír mejor la lluvia caer y para oler la ciudad húmeda en una mañana obscura y nublada.
La música que oía, como la literatura que ahora creaba, estaba desencajada milagrosamente del tiempo. El aparato reproducía muy bajo uno de sus álbumes preferidos uno con un plátano pintado por Andy Warhol en la portada.
Se encaramó en el respaldo del sofá púrpura hasta quedar a la altura del filo de la ventana y con el primer sorbo de café, guardó el aliento, en un silencio muy hondo.